viernes, 9 de marzo de 2012

El señor del bosque (cuento de fantasía y erotismo)


Abrí la puerta, entré y la cerré de golpe. Dejé caer el macuto con las pocas pertenencias que había logrado salvaguardar, y avancé entre la penumbra. Al ver la cama iluminada por un lánguido rayo lunar, me tumbé sobre ella. Si no hubiera sido por la promesa que le hice a mi padre, de que me mantendría con vida, habría buscado en ese momento la forma de suicidarme. En realidad, si no se lo hubiera prometido, me habría quedado en el castillo para morir junto a él en la masacre. Mi padre era el rey de toda Kalhasis, y su sueño era que me desposara con Grieg de Jhava, duque de Alcaria, y le diera un nieto al que en un futuro pudiera heredarle el trono. Yo, a mis dieciséis años, me sentía enamorada de ese perfecto candidato, sumida en sueños infantiles que poco tenían que ver con la realidad. Por ello, acaté la propuesta y me sentí la mujer más feliz del mundo. Nunca imaginé que ese malnacido conspiraría en su contra al momento siguiente de la boda, y acabaría con toda mi estirpe.


            Aquella precaria cabaña a la que había llegado, ubicada en el linde del bosque de Aruna, era un buen escondite; pero no conseguía ocultarme de la desolación que sentía debido a la ausencia de mis seres queridos. ¡Qué días tan amargos pasé allí! Me vi sumida en el horror, en el tormento de no conseguir apagar las imágenes de nuestro propio ejército blandiendo la traición, asesinando a mi familia. Y las noches… ¡Ay, de las noches!, pesadilla tras pesadilla, despertares entre gritos, sudores y pánicos, en deseos de venganza que nunca sería capaz de concretar. Jamás imaginé que aquellos insoportables sueños serían la cuna de mi incipiente pasión. La primera vez que lo vi, su rostro me pareció un remanso en medio de un mar de gritos y sangre; aunque sus ojos, poseedores de un verde magnetismo, me parecieron salvajes e inhumanos. Uno de ellos, el izquierdo, estaba rodeado por un tatuaje asimétrico de curvilíneos movimientos azules y amarillos que le llegaban hasta más abajo del cuello; y su mentón, anguloso y perfecto, enmarcaba una tentadora boca masculina de labios carmesí. Su torso de piel canela, de musculatura dura y bien proporcionada; sus fuertes piernas, envueltas en una tela que parecía formada de las hojas de los árboles, hicieron que mi respiración se agitara; una nueva sensación jamás sentida apareció en mi vientre, como presionándolo en un vértigo placentero.
            Al despertar, no comprendí el significado de su presencia en mi sueño, y llegué a creer que era sólo un escape de mi mente, un resquicio para lograr pensar en otra cosa y mantenerme cuerda, dentro de lo posible. Con el correr de las noches, las cruentas imágenes de mis pesadillas fueron menguando hasta desaparecer; y él permaneció allí, mirándome con esos ojos salvajes… Me hacía sentir incómoda, y eso era algo que me encantaba.
            Una noche, soñé que me levantaba y salía de la cabaña. El cielo estaba suavemente iluminado por una luna creciente, y el viento era tibio y agasajaba mi cuerpo con tersas caricias. Caminé hasta el linde del bosque, esperando verlo aparecer; sin embargo, no estaba, y su ausencia me desesperó. No logré contenerme, decidí ir a buscarlo y avancé entre los árboles. Caminé, caminé, y no sabía si era la brisa, las avecillas nocturnas o extrañas criaturas las que me guiaban. Pronto divisé una laguna en medio de los árboles; al llegar a la orilla, vi que al frente había un murallón de rocas por donde caía una fina cascada; él estaba allí, desnudo, y no estaba solo. Sobándole el cuerpo con provocativas caricias, había una criatura femenina; tal vez una nayade. Se veía muy fresca, muy inocente y natural en su sensualidad. Era más bien pequeña y tenía un cuerpo estilizado que ante mis ojos era perfecto, como el de él. Me escondí tras el tronco de un árbol y me quedé muy quieta; aún así, ella pareció notar mi presencia, pues miró hacia la dirección donde yo estaba y sonrió de forma socarrona. Su rostro era hermoso, blanco como una perla, dotado de vida por unos ojos azules y almendrados; su cabello rubio caía orgulloso por su espalda. En ese momento el hombre de mis sueños abandonó la cascada, y subió a una roca plana al lado de la caída de agua, en la que se sentó. Miró también en mi dirección, aunque estaba segura que no me había visto.
            —Eoghan, mi señor, ¿me deseas? —preguntó la nayade, ardorosa, mientras aún disfrutaba del agua bajo la cascada. Él la miró y le sonrió ligeramente. Eso bastó para que ella saltara sobre él y se sentara en su regazo. Con sus blancas y bonitas piernas se aferró a su cintura, y comenzó a moverse, a balancearse, a contornearse en una danza que la iba poseyendo toda. La vi luego lamer su cuello con gran fruición, beber el agua que quedaba en esos músculos deliciosos, en esos pezones duros que yo ya deseaba probar de forma intensa. En ese instante, un calor se encendió en mi vientre y mi respiración se agitó; ¡no podía dejar de mirarlos! Sentí por primera vez una ardiente humedad en mi entrepierna, un fuego que subió por mi vagina como una serpiente deslizándose en mi interior, y que me encendía y desesperaba. Él estaba con los ojos cerrados, la boca entreabierta, y jadeaba… ¡cómo jadeaba! ¡Qué ganas tenía de ser ella!, de besarlo, de morderlo, de hundirme en su sexo salvaje como lo hacía ella y desatar toda la pasión que me consumía. Fue en ese momento cuando él abrió los ojos y me miró. Tuve la seguridad de que me estaba viendo, mientras jadeaba, mientras sudaba y dejaba que ella lo excitara; sí, sus ojos estaban posados sobre mí, llenos de un brillo penetrante, una llama de deseo que no terminaba de consumirme, y me torturaba. “Naisse”, escuché su voz decir mi nombre, tersa y sensual, dentro de mi cabeza. Un gemido fuerte salió de mi boca, y desperté enredada en las sábanas, con el cuerpo húmedo, caliente, fuera de control. Seguí gimiendo, sin ser capaz de dominarme. Y, pensando en él, mis manos apretaron fuerte mi vientre, mis muslos, mi entrepierna mojada. Ocurrió en mi una llamarada rápida y todo acabó; estallé en llanto, un llanto de locura, de desesperación… ¿Qué era todo aquello que me estaba pasando?... Estaba loca, de seguro estaba loca, pensé.      
            La noche siguiente no apareció, y la subsiguiente tampoco. Desperté cuando aún el amanecer dormía, y el recuerdo de la última vez que lo había soñado volvió a mí y me excitó. Quería volver a sentir ese fuego, esa llamarada, pero no sola; deseaba que fueran sus manos las que me tomaran, quería que su cuerpo me hiciera suya. No, ¡no podía ser sólo un sueño!… Eoghan… Eoghan, mi señor… lo había llamado ella, la nayade. ¿Señor de qué? ¿Señor del bosque?... Sin soportarlo más me levanté y salí. La noche estaba clara, la luna redonda y brillante. Contemplé los árboles, oscuros y altos, con sus copas haciendo el amor con el viento. No, ¡no quería que fuese sólo un sueño! Mi cuerpo lo necesitaba de una forma imperante, mi cuerpo ardía otra vez. Avancé entre los árboles como una trastornada, buscando alguna señal, algo que me diera indicio de su existencia; pero no había brisa, ni pájaros nocturnos, ni criaturas extrañas que me guiaran. Luego de mucho recorrer y gritar su nombre varias veces, me di cuenta que estaba perdida, no sólo en el bosque, sino en esa absurda pasión desenfrenada. Recordé lo que hasta hacía unos meses atrás había sentido por Grieg de Jhava, y reí… no tenía comparación. Abatida, seguí caminando, y de repente, la laguna se presentó ante mis ojos: era el mismo lugar que había aparecido en mis sueños. Sobre el agua, la dama blanca daba pinceladas de plata y el canto de la cascada generaba una música que me hizo pensar que tal vez aún soñaba.
            En ese momento, sentí un escalofrío en mi espalda, el calor de su presencia cerca de mi cuerpo.
            —Naisse —dijo en voz alta. La misma voz, tersa, sensual…
            Al darme vuelta, lo vi. Me miró de una forma tan animal como sublime, imposible de explicar en palabras; ¡y era yo quien le provocaba! Como un torbellino, me tomó fuerte por la cintura, ubicó una de sus piernas entre las mías presionando mi pelvis, me alzó y me apoyó contra un árbol. Sentí sus manos, tibias y hechiceras, bajo la tela de mi camisón. Con suaves movimientos, delicados como el toque de las hojas que caen en otoño, recorrió mis caderas, mi vientre y mis senos, ¡oh, por todos los dioses! sus manos estaban deleitándose en mis senos, me tenían, y me estremecí. Mi piel estaba en brazas. Acercó su endemoniada boca hasta la mía, sin llegar a tocar mis labios, sólo lo suficiente para gatillar otra vez ese deseo de morderlo, pero él me sorprendió primero. Fue su boca la que poseyó la mía mientras sus manos desgarraban mi camisón. Nos fuimos al suelo, donde las hojas y las finas ramas adornaron nuestra piel. Luego de un ardiente forcejeo, fue mi lengua la que logró al fin apoderarse de todo su cuerpo. Mientras devoraba a besos su oreja, la vi. Había también otros seres agazapados en medio de las ramas, pero entre ellos reconocí sus ojos almendrados y azules, contemplándome con celos, con furia infinita. ¡Pero ahora era mío, era mi turno, y ella podía mirar cuanto quisiera! Lo relamí, lo besé y mordí por todas partes, como un animal desbocado, y él me dejó, se sometió, se enardeció conmigo. Me quedé un buen rato con mi boca enredada en su vientre, en su pelvis, en su masculinidad; estaba extasiada, nublada mi razón. Luego, el hizo conmigo lo que quiso, y me tomó y me besó bestialmente por todos los rincones que su deseo encontró. No supe si fue él quien me levantó, o fue el viento el que nos tomó a ambos y nos llevó hasta el agua; estaba tibia y nos mecía a un ritmo acompasado mientras nos apegábamos más y más. ¡Que momento único! Fue entonces cuando lo sentí entrar y vaciarse en mí; yo gemía, fuerte y sin control, sin saber dónde comenzaba o terminaba alguno de los dos. Mi deseo esa noche se llenó, como la luna que mientras se iba aún intentaba espiarnos por entre las ramas de los árboles.
            Cansados, yacimos el uno al lado del otro sobre la roca plana, y yo ya no sabía si todo eso era real o estaba soñando. Acurrucada en la tibieza de su cuerpo, con sus brazos aferrados a mí, batallaba contra un sueño que amenazaba con arrebatármelo todo.
            —Duerme —recuerdo que me dijo, y puso su mano sobre mi vientre—. Aquí se mezcla tu existencia y la mía. Cuídalo. Será poderoso, rey de hombres y elementos. Tendrás tu venganza.
            Desperté poco antes que el sol. El agua estaba muy quieta, el bosque también. A mi lado, había dejado un atado de ropa y comida. A pesar de lo que me dijo, no tenía miedo. Me sentí una mujer muy distinta. Sabía que de alguna forma Eoghan, Señor del Bosque, me acompañaría por el resto de mis días.

jueves, 25 de agosto de 2011

La Novia del Dragnor (Adaptación oscura de Caperucita Roja)

        En un pueblo al norte de la vieja Europa, bordeando un bosque de espesa fronda, vivía una madre y una hija. Como era habitual cada fin de semana, la madre preparó una cesta con rojas manzanas, carne seca, un buen trozo de queso y pan recién horneado. Pero su ánimo aquella tarde estaba pesaroso, y se quedó mirando el avío llena de dudas.
            —¿Vas a poner algo más en la canasta?, ¿puedo irme ya? —preguntó la hija, mirándola con sus candorosos ojos verdes y una vivaz sonrisa.
            La mujer la contempló y la encontró preciosa; llevaba puesta la caperuza roja que le había regalado en su último cumpleaños, el número catorce, y los claros rizos se le asomaban por debajo de la capucha.
            —Está lista. Dale un beso a tu abuela de mi parte. —Su voz sonó inquieta, y al entregarle la cesta no soltó de inmediato el asidero—. Mi pequeña Caperucita, ten cuidado al cruzar el bosque. Se acerca el solsticio de invierno y tú sabes que en estas fechas siempre desaparece algún inocente…
            —Pero, Madre… ¿No creerás que las historias que se cuentan sobre la Novia del Dragnor son ciertas! 
            La mayoría de la gente del pueblo creía en la existencia de aquel personaje. Decían que era una bruja que en la llegada de cada invierno se llevaba a una joven para ofrendarla a su señor, un demonio de bestial aspecto.
            Pese a los resquemores de la madre, Caperucita se marchó, prometiendo que si la alcanzaba la noche pernoctaría en casa de la abuela y retornaría al día siguiente. Ella no tenía miedo; conocía el bosque como la palma de su mano. En ocasiones, en el camino se topaba con más de algún leñador que la saludaba con cariño, pues la conocían desde pequeña. Pero esa tarde no había visto a nadie y le pareció que los pájaros y animalillos del bosque estaban muy quietos y silenciosos. Faltando un par de millas para llegar a su destino, la seductora voz de un hombre la sobresaltó:
            —¿Adónde vas, Caperucita?
            Alzó la vista hacia su derecha, y entre las ramas de un viejo fresno vio a un hombre. El desconocido saltó al camino con gran agilidad y se enderezó frente a ella. Caperucita se quedó muda, no del temor sino por la apariencia del individuo: tenía unos ojos endiabladamente bellos, azules y profundos como una noche iluminada por la luna, y un rostro armónico, blanco como el alabastro, que a ella le pareció perfecto. El cabello liso y oscuro le caía al sujeto sobre los hombros; y vestía un traje de terciopelo negro que le daba gran prestancia.
            —¿Quién eres? ¿Es que, acaso, me conoces? —preguntó, maravillada.
            —Mi nombre es Antón de Drest —se presentó—. He adquirido unas tierras al otro lado del bosque y me he mudado hace poco. Suelo venir a pasear durante el atardecer; algunas veces te he visto y escuchado conversar con los leñadores. Sentí el irresistible deseo de conocerte y charlar un rato. Espero no haberte asustado y que mi compañía no te sea molesta —agregó, cautivándola con su sonrisa. 
            La cortejó el resto del camino, y la conversación fluyó fresca y graciosa. Mas antes de salir de la arboleda, Antón pidió a Caperucita que no hablara con nadie sobre él, pues no deseaba revelar aún su presencia en el pueblo. Se despidieron con una sonrisa, prometiendo volver a encontrarse.
            El resto del camino, a Caperucita, le pareció como si pisara sobre motas de algodón. Sin darse cuenta, se había sumido en sus primeras fantasías románticas. No sintió el paso del tiempo cuando ya estaba ante la cabaña de madera. Recogió la llave de debajo del tapete, abrió la puerta y entró.
            —Hola, mi Caperucita, te esperaba —dijo la abuela, en tono amoroso.
            Era una mujer que bordeaba los cincuenta años, de rostro pálido y cabello rubio matizado por las canas. Estaba sentada frente a una mesa, con las manos entrelazadas.
            —¿Qué tal, abuelita? —Caperucita dejó la cesta a un costado y al volver a mirar a la abuela percibió una profunda melancolía en sus ojos—. ¿Estás bien?
            —Bien, mi tesoro. Es sólo la llegada del invierno que entristece mi corazón. Tú sabes que pronto se cumplen veinte años de la muerte de tu abuelo —dijo, decaída—. Ven a darme un abrazo.
            La noche cayó pronto, y Caperucita decidió dormir allí. Como en otras ocasiones, ocupó un estrecho pero cálido cuarto. Mas despertó varias veces creyendo que una maligna sombra acechaba alrededor de su cama; y a instantes, le pareció escuchar la balbuceante voz de un hombre en el dormitorio de su abuela.
            —Anoche creí oír voces. ¿Había alguien más contigo? —preguntó, intrigada, durante el desayuno.
            —¿Alguien más?... ¡Qué extraños sueños has tenido! —exclamó la abuela con una suave risilla, y no le dio mayor importancia.
            Antes de que Caperucita se marchara, habiendo olvidado ya la misteriosa noche, la abuela le dio un gran abrazo y un beso y la acompañó hasta la puerta. Mientras la mujer, de pie en el umbral, contemplaba cómo su nieta se alejaba, una infausta sombra se apoderó de su rostro; y en voz baja y oscurecida, dijo:
            —Así que ya has escogido a tu víctima…  No será fácil esta vez, pues le tengo gran afecto. Mas a ti, mi amado Dragnor, no puedo negarte nada.
           
            Los días siguientes, Caperucita se vio presa de una terrible ansiedad; lo único que ocupaba su corazón era el deseo de volver a ver a Antón. Sin que su madre se enterara, se escapó varias veces al bosque esperando encontrarse con él; pero sólo se topaba con los leñadores, y, extrañamente, se desesperaba al sentir que si no lo volvía a ver moriría. Mas para su fortuna, o desdicha, en el siguiente viaje a casa de la abuela su anhelo se cumplió; y Antón de Drest se mostró tan ansioso como ella por el encuentro.
            —Paseemos un rato por el bosque —sugirió Caperucita, con coquetería.
            —Ahora no puedo; tengo algo que hacer… Aunque, no demoraré demasiado en mis asuntos. Si lo deseas, date prisa en casa de tu abuela y vuelve a este mismo lugar al caer la noche. Estaré esperándote.
            Ella no contestó al instante, pues le costó desprenderse de los seductores ojos de Antón y se sintió sobrepasada por las sensaciones nuevas que la oferta le había provocado.
            —Mi madre se extrañará si regreso tan tarde… ¿No será peligroso?  —preguntó luego, intentando ocultar su excitación.
            —Puedes regresar a tu casa mañana temprano, decirle a tu madre que te quedaste a dormir junto a tu abuela. Prometo protegerte bien; además, puedo enseñarte lugares y bondades de este bosque que sólo se disfrutan bajo la luz de la luna. 
             Ella sonrió sin decir nada, pero la fascinación que le bullía dentro desbordaba por su fresca mirada. Un destello de varonil triunfo resplandeció en el rostro de Antón.



            La víspera del solsticio de invierno llegó; y algo más tarde de lo acostumbrado, cuando el sol ya había apagado sus fuegos en el horizonte, Caperucita caminaba una vez más a casa de su abuela. Su madre había accedido a aquella visita inesperada, sólo porque un leñador había comunicado que la mujer no se encontraba bien de salud. Al llegar a la cabaña al otro lado del bosque, Caperucita la encontró tendida en un sofá, con lágrimas en los ojos.
            —Abuela, ¿qué te ha ocurrido?, ¿qué mal te ha aquejado? —preguntó, aunque su rostro lucía inexpresivo.
            —No es un mal del cuerpo, sino del alma —explicó, suspirando—. Hoy es el aniversario de la muerte de tu abuelo. Nadie lo sabe, pero cada año me interno en el bosque y suelo caminar hasta el lugar donde encontraron su cuerpo, para depositar allí un ramo de flores —indicó un pequeño atado de geranios blancos que yacían sobre la mesa—.  El dolor de mi corazón cada vez es mayor y me temo que no seré capaz de llegar sola. ¿Me acompañarás, mi tesoro?
            —¿A estas horas?, ¿por qué no vamos mañana? —cuestionó Caperucita.
            —¡Oh! Mañana ya no tendrá sentido… es importante para mí. ¿Me acompañas, por favor?
            —Por supuesto, abuela —contestó la nieta, sonriendo, pero con la misma expresión fría con la que llegara.
            Las dos salieron de la cabaña envueltas en las primeras sombras de la noche. Al cabo de una hora, llegaron a un sendero que Caperucita jamás había visto.
            —¡Qué extraño! Nunca supe de este camino.
            —Es una senda que muy pocos han de conocer. Hace veinte años, tu abuelo tuvo el infortunio de recorrerlo, intentando dar caza a un lobo de fenomenal tamaño; pero… —suspiró, y ninguna habló más.
            Caminaron hasta llegar a un extraño claro, donde la luz de la luna iluminaba una alta piedra que yacía en el medio. Alrededor, y entre los árboles, las sombras de la noche parecían velos danzantes de horrorosa frialdad. La abuela entregó el ramillete de flores a Caperucita, se acercó a la piedra y dejó caer su capucha.
            —Hemos llegado, mi señor —dijo—. Como cada año, vengo a cumplir mi promesa, mi prueba de lealtad.
            De entre los árboles, Antón de Drest apareció, trayendo junto a él la presencia de oscuros espectros de imprecisa forma, que se arrastraban a sus pies. Avanzó como un señor todopoderoso rodeado de tinieblas, y antes de llegar al centro del claro, su forma mutó. Nieta y abuela lo vieron transformarse en una gran bestia: un lobo negro de proporciones gigantescas y fieros ojos azules. La abuela se arrodilló ante él, y Caperucita lo contempló con gran asombro. Luego, los ojos de la mujer se volcaron a su nieta.
            —Lo siento mucho, mi tesoro… pues, mi señor aquí presente, El Dragnor, ha decidido tu destino: serás esta noche su cena —le dijo, con verdadera tristeza.
            —¡Oh, abuela! Has sido capaz de entregarme al Dragnor... Sin embargo, comprendo lo que una mujer es capaz de hacer por amor. No estés triste, ya que yo no lo estoy.
            Los espectros, en ese instante, saltaron hacia la abuela asiéndola con fuerza sobrehumana de sus brazos y  piernas, y la apoyaron contra la piedra.
            —¡¿Qué está sucediendo aquí?! —gritó la mujer, atónita.
            En ese momento, la voz del Dragnor se alzó como un trueno oscuro rugiendo en la noche.
            —Mi amada novia, me has servido bien, pero tu tiempo ha terminado. Este año he escogido a una nueva amante. Y si su sonrisa es más astuta que la tuya, vivirá mucho más que tú… en verdad así lo espero.
            La bestia contempló a Caperucita sosteniendo el ramo de geranios. Avanzó hasta ella y le lamió el cuello. La joven sintió que su cuerpo se encendía, y dejó caer las flores. Luego, el Dragnor le susurró al oído:
            —Aquí tienes a mi antigua amante, tal como te lo prometí en nuestra idílica noche. Yo te la ofrendo. Cumple el ritual y conviértete en mi deseada novia.
            Poseída por su deseo, Caperucita fue a buscar algo entre la hierba y la piedra; encontró un hacha mediana, preparada para la mano de una dama. Con expresión fría, mirando a su abuela gritar y gemir como un animalillo asustado, le dio el golpe mortal en medio del pecho. La sangre estalló, y gran parte de ella se absorbió en la caperuza roja. Luego, la joven metió su mano en la herida y arrancó de cuajo el corazón. Lo sostuvo, caliente y suave entre sus palmas.
            —Mi querida abuela, al comer tu corazón absorbo el poder que mi señor te otorgó y lo hago mío. Vivirás por siempre en mi interior. —Con gran emoción, mascó y mascó hasta devorarlo por completo; luego, con la boca ensangrentada, miró a su señor y le dijo—: Mi amado Dragnor, he concluido el ritual. Ahora te pertenezco y espero servirte bien. Cada año, en esta misma fecha, te daré prueba de mi lealtad. Gracias, gracias por el destino que me has regalado— dijo, con lágrimas de alegría en los ojos. 

viernes, 12 de noviembre de 2010

Viento Raco


Camino esta noche por la hierba
mi dorado báculo encendido
y la Luna que se antoja de quimeras
Con alevosía y desenfreno
yo clamo fuerte tu nombre:
Viento Raco
te invoco con voz divina
despeja esta noche el cielo
invítame a volar
tan liviana como quiero
Uno a uno has aparecer los luceros
cuyos brillos me encandilan, me hipnotizan,
me revelan
Y quiero ahora conocer
el valor que le das a mi poder.

No aspires tan alto pequeña diosa.
Si clamas por mis brisas,
pasarás por el mundo de prisa.
No oses invocar en vano mi nombre
pues no existe retorno
desde un mundo que no es de hombres.

¡Qué me importa el paso por el mundo!
si sólo me ha traído desesperos
yo quiero ser como tú
viajar libre por el cielo
Asciéndeme ahora y en silencio
…te lo imploro, te lo pido, te lo ruego
Conviérteme en fragancia,
brisa suave o sutil sustancia
quítame el dolor
quítame el vacío
quítame las ansias
que destrozan en agonía mi templo
Has que ahora se deshaga mi cuerpo
quiero ser sólo conciencia
no ya más sentimiento

¿Qué pretendes, pequeña, con tamaño cambio?
no me engañes con tu labia
ni con tu refinado encanto.
¿Sentimiento, dices, no quieres?
¿Olvido verdadero probar de verdad quieres?
Conciencia pura sin sentir
es lo mismo que él vacío.
¿Qué sacarás con mirar desde lo alto?
qaciará ello tu sed de ver
pero ya no tendrás tu canto
La primera vez te escucho
te otorgo tiempo de espera
la segunda
bastará solo una palabra
para dictar sentencia.

jueves, 28 de octubre de 2010

Fantasía Austral




Y me preguntaba:
¿Cuando se agruparan los escritores de fantasía en Chile?
Pues mis plegarias a mis Nelhelams han sido escuchadas
y un grupo de radiantes y entusiastas amantes de las letras fantásticas
han dado vida a un espacio genial.

¡Felicitaciones chicos y toda la buena vibra para el proyecto!
























domingo, 22 de agosto de 2010

Sonata de un adiós


¡Mi arpa, mi hermosa y adorada arpa!... Ella, que sonaba alegre como un manantial de primavera, hoy sólo fue un adagio de tristeza que resonó en mi interior y terminó por desatar mis tempestades. ¡Tantas ganas que tenía de sentirla cerca!, pensé que me conformaría con ello; mas en ese instante en que pude escuchar sus envolventes notas colándose por el rabillo de la puerta de mi encierro, trayendo luz a mi oscuridad, sólo un deseo me embargó por entero: ¡Quería que me llevara con ella! No me importó que no fuera una intérprete experta, ni que los sonidos que sacara de mí fueran quejumbrosos y poco afinados. ¡Si ella hubiese podido liberarme de este estrecho cuartucho maloliente!... Volver a sentir sus piernas apretadas a mi cuerpo habría sido estar en el cielo, volver a sentir su mano frágil recorriendo mi mástil, y la otra moviendo el arco de forma imprecisa para jugar con mis cuerdas, habría sido como morir en el más excelso y puro de los placeres, aunque el maestro ya no estuviera aquí para guiarla, para enseñarle la forma correcta de hacerlo.

—¿Dónde está Baptist? —preguntó mi arpa, y me estremecí al oír mi nombre. Ella no me había olvidado. Después de dos meses de la muerte del maestro, yo ya había perdido la esperanza de que viniera a buscarme.

—¿Te refieres a mi esposo?... De seguro está en el infierno, componiendo romanzas para los demonios. ¡El muy infame me dejó en ruinas! —respondió la trompeta destemplada, esa mujer chillona y estridente; siempre tan ácida y tan hiriente.

—Sabes bien que me refiero a su violonchelo. En su testamento me lo dejó. Vengo a exigir que me lo entregues —la encaró mi arpa, y su voz interpretó aquellas palabras con un mezzo-forte que me encantó.

En ese momento la campanilla de la puerta principal, en el primer piso, tintineó.

—Nunca voy a entender la manía que mi esposo tenía de ponerle nombres de persona a los instrumentos que poseía, especialmente al chelo… ¡bautizarlo con su propio nombre, hay que ver la locura…! —se quejó la trompeta mientras se ponía de pie—. Disculpa, querida. Estaba esperando a alguien. Vuelvo enseguida. —Su voz pareció más comedida que antes, pero de seguro se había enfrentado a mi arpa con su postura de reina, altanera y digna, aunque por dentro siguiera siendo la misma prostituta trepadora y vulgar del barrio Whitechapel, en Londres.

Luego que ella bajara por la escala, escuché a mi arpa caminar por la sala; tal vez se detuvo a contemplar la pintura que Bazille hizo para el maestro y para mí. Pude sentir en ese momento su alma, pude incluso intuir sus pensamientos; aquello fue una melancólica composición de recuerdos dolorosos, impregnados del vacío que deja el engaño. El maestro y mi arpa... ¡Con qué pasión y entrega se amaron! Fueron tan felices durante los años que estuvieron juntos, antes que él perdiera el rumbo, antes que los sueños que habían alcanzado fueran ultrajados por el ego, por la necesidad de fama y aplauso, por las asociaciones que él estableció con hombres pudientes que podían conseguir presentaciones en los lugares más prestigiosos de Europa, relaciones de negocios que exigían una desvirtuada vida social, llena de excesos. ¡El Maestro no era como ellos!, yo lo sé, yo lo conocí, lo sentí... él me hizo, me fabricó, me dio vida y también un nombre; él era un ser humano demasiado frágil, demasiado débil e influenciable...

Todavía recuerdo cuando el maestro y yo conocimos a mi arpa en el Covent Garden; el aún era un hombre pobre y carente de roce social, ni siquiera tenía dinero suficiente para retocarme el barniz con la frecuencia que yo requería. Recién habíamos conseguido un lugar en la filarmónica y, al terminar la función, ella estaba allí, detrás del escenario. Su presencia fue la más hermosa sinfonía que he escuchado en toda mi vida: sus ojos destilaban sonidos que parecían coros de ángeles, su risa le ganaba en hermosura a los trinos más perfectos de un piano y su cabello se movía al ritmo de los violines que sus modales y maneras hacían sonar en mi mente. No obstante, de su interior surgía aquello que se convertiría en mi inspiración de por vida; eran notas que parecían gotas de rocío generadas en un amanecer de quimeras, como el sonido de un arpa que cantaba las melodías más preciosas de la existencia. Me demoré en salir del estupor inicial que la música de su alma me producía, pero luego sentí a mi maestro turbado y contraído ante su juventud y belleza. Sin embargo, no sólo la hermosura de mi arpa había mermado la personalidad de él, sino también el oscuro sonido de un imponente contrabajo, el padre de ella, quien con descaro se atrevió a ofrecerle una gran suma de dinero para costear en secreto el capricho de su hija consentida, el de aprender a tocar el chelo; actividad impensada para una dama. Mi maestro no pudo negarse, aunque yo sé que fue más por miedo a él que por la atracción que sintió hacia ella. En ese entonces, él no habría tenido las agallas para abordarla. ¡Ja! Cómo se arrepintió aquel contrabajo de haberlo contratado, después, cuando mi arpa se fugó con el maestro. Lástima que nunca supo que la idea fue de ella… ¡Aaah! en ocasiones era tan intempestiva, como una melodía súbita que surge en un arreglo musical y cambia la obra en su forma y esencia. ¡Fue tan fácil para ambos enamorarnos de ella!

Al escuchar a la trompeta destemplada volver a la sala, mis recuerdos se derrumbaron; y supongo que también lo hicieron los de mi arpa.

—Mi visita va a esperar a que termine este asunto contigo —le dijo parcamente—. Te tengo una mala noticia. El chelo no está.

—¿Cómo que no está? —preguntó mi arpa, incrédula.

—El maestro lo incineró poco antes de morir.

—¡No!, ¡no puede ser! Él jamás... jamás habría hecho una cosa semejante!

—Lo siento, querida. Sus cenizas aún están en el patio. No quise mandar a que las limpiaran, por si venías, para que vieras por ti misma la locura en la que él cayó. ¡Imagínate! quemar un instrumento que valía tanto dinero —le dijo, actuando su mentira con virtuosismo. ¡La muy desgraciada! En ese momento comprendí por qué después de la muerte del maestro me cambió el clavijero y las cuerdas: fue para engañar a mi arpa.

—¡No! No puede ser, tengo que cerciorarme de que se trata de Baptist —La angustia en la voz de mi arpa fluyó en un nervioso tremolo. Casi pude ver cómo el candor y el brillo de sus ojos zarcos se velaban con la desilusión.

—Te lo enseñaré, sígueme —la instó la trompeta con tono victorioso.

Las dos salieron de la sala, y el silencio me trajo el presagio de que serían los últimos momentos cerca de ella. Fue allí cuando la culpa me poseyó, creando una desarmonía que me destempló por entero. ¡Tres años! Tres años desde que mi arpa abandonó a mi maestro; si ella hubiese sabido en ese momento cuanto él la amaba, lo arrepentido que estaba, lo habría perdonado a ojos cerrados; se habría quedado. Pero él nunca pudo expresar en palabras lo que era, en verdad, importante; padeció del mal de muchos músicos, que creen que con las notas bien puestas en una hermosa melodía lo dicen todo. Era tan poco dado a hablar de lo que había en su interior; y yo creía que ella, a pesar de comprender los sentimientos que él ponía en cada una de sus obras, aquella vez, sí necesitaba de las palabras profundas y sentidas que nacen del corazón.

Descubrir la infidelidad del maestro fue para mi arpa el quiebre de sus más bellas melodías, y yo… yo estaba enfadado, tan enfadado con él, también. ¡Cómo era posible que hubiera traicionado a mi arpa con esa vulgar trompeta destemplada, arpía manipuladora con la que después terminó casándose! Me enojé tanto que rompí la simbiosis con él y allí estuvo mi más grave error. Él creyó haber perdido su inspiración cuando mi arpa se fue; luego se desmoronó, se avergonzó y no supo cómo pedir perdón. Pasado unos días acudió a mí; pues sabía que ella lo entendería si se lo explicaba a través de la música; pero esa vez yo me negué a cooperar: de mí, sólo consiguió sonidos rudos y disonantes modelados por mi rabia. Ahora me arrepiento; ¡cuánto me arrepiento de haberlo dejado solo! Rehusé a ser su canal, su puente... ¡es que yo quería que él le hablara!, que dejara de refugiarse en mí y que fluyera en sus palabras como un río, como la música que deja salir tantos sentimientos sin contención, en una armonía vibrante y sincera; ella se lo merecía.

¡Mi maestro! ¡ay, mi pobre maestro!... tan sensible, tan hermoso de alma, pero tan débil ante el mundo. Perdió a mi arpa, a nuestra arpa, y su mundo interior se agrió hasta que su cuerpo se enfermó de leucemia. Yo escuché como nota a nota el dolor lo fue consumiendo; se fue apagando. Fue un morendo triste y lento.

Luego de estos lamentos, en la negrura de mi encierro, escuché nuevamente pasos por la escala. La trompeta destemplada entró primero. Pude imaginar la sonrisa de triunfo en su rostro; y, detrás, venía mi arpa, intentando reprimir un llanto explosivo.

—Toma, te regalo la pintura que Bazille hizo de mi esposo y su chelo, así no te vas con las manos vacías y podrás recordarlos, a ambos —le dijo la trompeta, fingiendo empatía hacia ella mientras descolgaba la pintura de la pared.

El llanto de mi arpa estalló finalmente en un fortissimo agitatto, como una tormenta que se desata con amargura incontenible; allí comprendí que, pese a todo, incluso después de su muerte, ella lo seguía amando; y yo, yo que era casi un pedazo de él, lo único que quería era permanecer a su lado para cubrirla con melodías que aplacaran su dolor.

Mi arpa y yo fuimos los únicos que realmente lo conocimos, lo comprendimos... y por obra de una vulgar trompeta barata, el consuelo de permanecer ella conmigo y yo con ella, nos fue negado. Me puse a llorar también, aunque no había mano alguna que sacara las tristes melodías que en ese momento me inundaban.

No hubo más sonidos que el de sus pasos bajando la escala; y yo me quedé sumido en el más frío y amargo silencio. Nunca me gustó el silencio, menos el que va de la mano de un adiós obligado.

No me di cuenta en que instante la trompeta destemplada volvió a la sala, junto a la visita que se había quedado esperando en el vestíbulo: un trombón de recio metal. Sumido en mi pena, tampoco tomé atención a la larga conversación que sostuvieron; ni me enteré del acuerdo monetario al cual llegaron, hasta que la escuché decir:

—Es un instrumento único, ya lo verá. Su cliente japonés estará complacido. Si me ayuda a mover la biblioteca se lo agradeceré. Detrás de ella está la pequeña bodega donde lo guardo. Usted sabe que un tesoro así conviene tenerlo lejos de miradas ambiciosas.

Ahora lo comprendo: “lejos”.... así que lejos de mi adorada arpa me voy, a derramar en espacios desconocidos las sentidas notas que en mi madera hoy se grabaron y, con certeza, cambiaran para siempre el sonido de mi voz.

lunes, 7 de junio de 2010

Firmamento

Firmamento


Canta el amanecer al filo de un abismo

con el corazón dolido de tanto tormento;

se ha enredado los pies en un rozal dormido,

no sabe como dar pasos, queridos, temidos.


Cómo una estatua de cal permanece erguida,

fría e indiferente mientras se esfuma la noche.

Más por dentro se agrieta y el dolor escuece,

esperando al sol que el tiempo quiso se fuese.


Y qué sabe el día lo que la noche oculta,

Si ríe o si llora, tal vez ni le importa.

Si osa criticar a su orgullo aparente,

es toque que hiere con el pétalo de una rosa.


¿Y no es mejor que al agua se la trague la tierra?

Así el reflejo de la luna tal vez se desvanezca,

Y osará mirar hacia el cielo inminente,

enfrentando la verdad que sobre su cabeza siente.


Y las grietas se mostrarán cuando las lágrimas caigan

Se romperá de golpe y sobrevendrá la muerte.

¿tal final se precisa para iniciar de nuevo?

no es simple echar a andar otra vez el firmamento.

martes, 18 de mayo de 2010


El Lago Espejo




Allende los montes reposa callado
como un monstruo durmiente de corazón licuado,
lamiendo riberas de niebla y ensueños,
atrayendo doncellas que aún no tenían dueño.


No sigas esa senda, decían los más viejos;
pues allí se agazapa el estuario Lago Espejo.
Robando juventud, belleza y finura
se apodera de toda primorosa criatura.


Paloma era el nombre de la bella moza
que quería poder por sobre toda otra cosa,
para dominar su destino, para cambiar su suerte,
para no casarse con un vil teniente.


No tenía nombre aquel que ella soñaba;
ilusión irreal que con desgarro añoraba.
Mas de la quimera se sirvió el gran estuario,
planeando con vileza atraerla a su lado.


Reflejo silente envió a su descanso,
de perfecta figura, de exquisito garbo;
a robarle suspiros, a entibiarle la cama,
a encenderle el alma, a despertar la llama.


Antes del amanecer se despidió gentilmente,
con divina sonrisa, con un beso ardiente;
sembrando el vacío en el corazón de Paloma,
instigándola incluso a renunciar a su gente.


Mas ella no quiso perder ese sino;
¡¿Cómo era posible que el sueño hubiera existido?!
Con los pies descalzos y con gran sigilo,
caminó tras la imagen con el corazón en vilo.


Llegó en la mañana al final del sendero;
silencio absoluto, misterioso y austero.
El rastro incipiente de pasos en la arena,
vestigio perdido en la humedad de la ribera.


La voz resonó desde todos lados
con tono meloso, claro y despejado:
¿Quién es la muchacha que al Lago Espejo ha llegado?
¿No sabes acaso que este lugar está encantado?


¿Quién habla?, fue rápido la pregunta certera,
los ojos abiertos, los pies a corredera.
Mas suaves canciones mermaron la prisa,
encanto que fácil atrapa y hechiza.


Yo soy Lago Espejo, dador de mil risas.
Yo soy la canción que de amor paraliza.
Que puedo posar mi voluntad en tus ojos,
o tal vez regalar lo que me pidas es poco.


Seguido he a un sueño, le dijo Paloma,
de estampa elegante y cetrina mirada;
sus pasos secretos hasta aquí me han traído.
Cuéntame, Lago Espejo, ¿dónde él se ha metido?


Y el agua más clara que el mismo cristal
reveló una tierra de hermoso pastizal;
siembra de sueños, de miel y de encanto,
lugar de ilusiones ajenas al llanto.


Pronto al paisaje la voz de nuevo se alzó,
envolvente y vibrante cual hermosa canción.
Con perfecta maestría la falsedad emanaba;
de la mano de un hechizo, la promesa fue lanzada:


Esta es la tierra donde tu sueño vive;
si cruzas, mi niña, no hay Dios que te prive.
De dicha y de canto prometo cubrirte
si dejas ahora esta vida triste.


Y al cabo, Paloma, metió pie en agua;
el alma encendida y la mirada vaga.
No tuvo reparos en abandonar su nido,
el calor del sueño todo lo hubo vencido.


Así fue cómo desapareció Paloma;
la mañana fría, silencio tras la loma.
Y el Lago Espejo, si bien le cambio la suerte,
a la bella moza le robó hasta la muerte.
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